Praeter um sententia

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lunes, 28 de diciembre de 2009

CUENTO> El círculo del amor

Una mañana, un campesino llamó con fuerza a la puerta de un convento. Cuando el hermano portero abrió, él le tendió un magnífico racimo de uvas.
-Querido hermano portero, éstas son las más bellas uvas producidas por mi viñedo. Y vengo aquí a ofrecertelas.
-¡Gracias! Voy inmediatamente a llevárselas al abad, que se pondrá muy contento con esta ofrenda.
-¡No! Las he traído para ti.
-¿Para mí? Yo no merezco tan bello regalo de la naturaleza.
-Siempre que he llamado a la puerta, has abierto tú. Cuando necesité ayuda porque la cosecha había sido destruida por la sequía, tú me dabas un trozo de pan y un vaso de vino todos los días. Yo quiero que este racimo de uvas te traiga un poco del amor del sol, de la belleza de la lluvia y del milagro de Dios.
El hermano portero puso el racimo frente a él y se pasó la mañana entera admirándolo: era realmente hermoso. Por ello, decidió enrtegar el regalo al abad, que siempre lo había estimulado con palabras de sabiduría.
El abad se puso muy contento con las uvas, pero recordó que había en el convento un hermano que estaba enfermo, y pensó: "voy a darle el racimo. Quien sabe, puede traterle alguna alegría a su vida".
Pero las uvas no permanecieron mucho tiempo en el cuarto del hermano enfermo, porque éste reflexionó: "el hermano cocinero ha cuidado de mí, me ha alimentado con lo mejor que hay. Estoy seguro de que esto lo hará muy feliz". Cuando el hermano cocinero apareció a la hora de comer, trayéndole su comida, él le dio las uvas.
-Son para tí. Como siempre estás en contacto con los productos que la naturaleza nos ofrece, sabrás que hacer con esta obra de Dios.
El hermano cocinero se quedó deslumbrado con la belleza del racimo de uvas e hizo que su ayudante se fijase en la perfección de las uvas. Tan perfectas que nadie las iba a apreciar mejor que el hermano sacristán, responsable de la custodia del Santísimo Sacramento y que mucho en el monasterio veían como un hombre santo.
El hermano sacristán, a su vez, le regaló las uvas al novicio más joven, de modo que éste pudiese entender que la obra de Dios está en los menores detalles de la Creación. Cuando el novicio lo recibió, su corazón se llenó de la Gloria del Señor, porque nunca había visto un racimo tan bonito. Al mismo tiempo, se acrodó de la primera vez que había llegado al monasteria y de la persona que le había abierto la puerta; había sido ese gesto el que le había permitido estor hoy en aquella comunidad de personas que sabían valorar los milagros.
Así, poco antes de caer la noche, le llevó el racimo de uvas al hermano portero.
-Come y que te aproveche. Porque pasas la mayor parte del tiempo aquí solo, y estas uvas te harán mucho bien.
El hermano portero entendió que aquel regalo estaba realmente destinado para él, saboreó cada una de las uvas de aquel racimo y durmió feliz. De esta manera, el circulo se cerró; un círculo de felicidad y alegría, que siempre se extiendo en torno al que está en contacto con la energía del amor.

Tomado de El Zahir por Paulo Coelho

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